El Sueño según Jung

Héctor y Andrómeda (Giorgio de Chirico, 1957)
Héctor y Andrómeda (Giorgio de Chirico, 1957)

El sueño es la pequeña puerta oculta en lo más interior y en lo más íntimo de nosotros, que se abre a aquella primitiva noche cósmica, cuando aún no existía ninguna conciencia del yo, se invertía en alma mucho más allá de dónde puede llegar la conciencia del yo. Pues toda conciencia del yo es aislada, reconoce al individuo, lo separa y diferencia y solo se ve lo que se puede relacionar con este yo.

Toda conciencia separa, pero, en cambio, en el sueño entramos, penetramos en el hombre más profundo, más universal, más verdadero, más eterno, que se encuentra todavía en el crepúsculo de la noche inicial, donde todavía era el todo, y el todo estaba en él, en la naturaleza indiferenciada, desnuda de toda individualidad. El sueño procede en esta profundidad vinculada a todo y así todavía se nos muestra tan infantil, tan grotesco, tan amoral.

Podemos comprender por qué son tan peculiares y difíciles de entender los sueños, su lenguaje está codificado en símbolos, Micea Eliade insiste en la preponderancia del símbolo como primer lenguaje o primera forma de comunicación y de comprensión de realidades metafísicas.

Tenemos que acercarnos a los sueños en el ámbito de las mitologías antiguas o las fábulas de los bosques primitivos, más que en la conciencia del hombre moderno.

El hombre primitivo estaba mucho más gobernado por sus instintos, que sus modernos descendientes «racionales», los cuales han aprendido a «dominarse». En este proceso civilizador, hemos ido separando progresivamente nuestra conciencia de los profundos estratos instintivos de la psique humana y, en definitiva, hasta de la base somática del fenómeno psíquico.